miércoles, 26 de mayo de 2010

La masacre necesitada



Las mismas herramientas en las mismas manos callosas. La misma antena en un edificio diferente. Tantos años con sus inviernos, que habían pasado duramente sobre mi, dejándome seco de espíritu y preñado de miserias. Ha pasado conmigo como pasa con una puta vieja, he subido tantas veces al cielo por obligación que para mi, subir no es ya sino una pesada tarea.

Han muerto tantos yo dentro de mí y perdí mis identidades tantas veces que he terminado teniendo que robarlas de otras personas, para que sigan muriendo dentro de mí. Me he asesinado en tantas ocasiones que no hay condena posible para mí, aunque ni siquiera sé si existen cárceles para asesinos de sí mismos.

Recuerdo ayer a la mañana y el insólito hecho que pude contemplar. Allí estaba yo, no sé si el yo que creo conocer y que sobrevive a mis purgas estalinistas, el yo que utilizo para hablar con mi mujer, el yo que desayunó tostadas mientras asimila al yo que suena en la radio y que luego escapa en las pretenciosas conversaciones matutinas o el yo que me suplanta para instalar antenas en los tejados con profesional porte. Pero seguro un yo que está cansado de vomitar sonrisas y subir escaleras al cielo.

- ¡Viejo! ¡Ven a ver esto! ¡Hay una loca en una cornisa!

El yo profesional que maneja mis manos para hacer las instalaciones pertinentes se esfumó en el baúl de cristal que tengo para tal menester, el de guardar a los diferentes yo, que todo hay que explicarlo, y miré a mi joven compañero al que odio con pasión.

- ¡Ven joder!

Al acercarme a la balaustrada pude ver como una chica se aferraba arriesgadamente a la barandilla exterior que cruzaba la cornisa de un edificio de oficinas de catorce plantas. Era obvio que quería lanzarse, que rebuscaba entre sus entrañas la última valentía que guardamos, la valentía suicida.

Mi compañero aprovechó para grabarlo todo con un endiablado teléfono móvil. Solté la llave inglesa que llevaba en la mano, viendo como caía contra el suelo y su estrepitoso chocar mientras imaginaba el ruido de un cuerpo caer desde esas alturas. Seguro que sería un sonido parecido al reventar de un saco lleno de vísceras y sangre o a lo mejor el final de una romántica caída terminaba con un golpe seco, sin más, como un estúpido punto y final.

Siempre pensé que tenía un alma poética escondida entre las nubes de la monotonía contra la que nunca quise luchar o la que a lo mejor se instaló entre mi y mis ansias de vivir y no me dí cuenta. Pero ese alma surge en mis reflexiones o eso quiero pensar. ¿Hasta que punto se puede llegar para terminar así? Me refiero, ¿Que le ha ocurrido a esa chica o que no le ha ocurrido? Debía tener un revoltijo caótico lleno de diferentes tipos de yo que luchaban por el control de una mente y un cuerpo, que debía haber una minúscula guerra mundial dentro de esa cabeza presidida por unos ojos que hablan de elocuente desesperación. Había llegado a un punto que esa chica quería matar a todos esos yo de una vez por todas. Sin ganadores, como todas las guerras mundiales, terminar aniquilando por lo que se esta luchando, perdiendo así la lucha todo sentido.

A lo mejor se había cansado de esperar. Hablo de la puta vida, de lo que siempre ocurre y es esperar. Uno nace donde nace, y ella tuvo que estudiar sin preguntarse si le apetecía o no y esperar a terminar de estudiar para vivir por su cuenta, ¿Cuantos años son esos? Entonces se ennovió, de alguien que sin duda merecía la pena o eso le decía su madre. Me pregunto como sería ese tipo, seguramente un idiota que quería asentar la barriga en una buena espalda, alguien como yo.

Entonces esperó a casarse para, se supone, ser feliz, pero a esas alturas sus yo se habían multiplicado tanto que ya sentía el peso de esa carga en sus sienes. El bombear de lágrimas se había vuelto diario o nocturno, no sé, hasta que ya se aburrió de llorar pena por algo a lo que nunca supo darle nombre y lloró rabia contra sus hijos. Así que tocaba esperar, esperar a jubilarse, de gastar todo en tantos yo. Y cuando se jubilase, esperar a morir.

Si, cuando veía aquello e incluso ahora estoy cansado de esperar, mañana me jubilo y estoy cansado. ¿Tengo que esperar toda la vida? ¿La vida es sentarme en el salón de espera de un matarife? Odio el camino que elegí, ya no puedo hacer nada, solo ver con ilusión como esa mujer iba a hacer lo que nunca tuve valor de hacer, matar lo que me esta matando, matarme.

 Mira allí sale otra, no digas que no parecen lemmings.

Apagué la carcajada de aquel hijo de puta insensible con un extintor ocular de idiotas. Allí había dos mujeres, hablando con cara de profundidad mortal o la cara que supongo que sale cuando hay debajo tuya catorce plantas con sus catorce segundos de reflexivo existencialismo. Así, pensándolo ahora, no podría decir quién convencía a quién de hacer o no hacer lo que iba a hacer.

Eso era, había salido alguien de entre toda esa estúpida gente que la miraba de lejos y pensaba sus propias cosas viendo su reflejo en esa situación, alguien que había reaccionado ante esa futura masacre, alguien que no vivía encerrada en su mierda egoísta. Sentí rabia, seguramente la nueva mujer estaría con el discurso moralista de la valentía de vivir y luchar por mantener lo conseguido. Imploraba para que la dejase en paz, estaba llevando a cabo una de las obras épicas más grandes que jamás contemplé. ¿Donde queda la valentía por atreverse a morir y abandonar sin sentimiento de culpa o responsabilidad lo que se había construido fuera de su propio control como una asquerosa ciudad medieval? Su vida con tantos yo muertos dentro de ella era un pudridero, un asqueroso pudridero lleno de los cadáveres de los intentos de cambio. Así que eso era, nunca había conseguido morir viviendo e inevitablemente estaba haciendo lo que más temía, vivir muriendo.

 ¿Imaginas que ahora se tiran las dos a la vez? Sería la polla, un espectáculo.

Intentando reprimir un puñetazo observé como caían, efectivamente, las dos cruzando el vacío. ¿Qué había pasado? De alguna jodida forma la conversación había escorado hacia la proposición de la muerte misma, de su ansiado y cálido abrazo. Se habían esfumado toda estúpida intención de coger las riendas de aquél caballo desbocado que llamamos vida y por fin habían saltado, literalmente, de él. La admiración y el orgullo explotaron en mi pecho. Mis lágrimas les acompañó en la analogía de mis mejillas, asombrado por el espectáculo. Era la danza de la vida, decidir cuando acabar con ella. Esa mujer no sólo había matado a todos sus pesados yo, sino que había convencido a aquella otra mujer a que hiciera lo mismo. Una masacre infinita, una masacre necesitada.

Ahora sonrío mientras coloco otro árbol más en este bosque urbano de antenas raquíticas. Definitivamente, esa mujer era mejor asesina que yo.

2 comentarios:

Mariano Estrada dijo...

Hola, Carlos:
Curiosa historia, la de esa loca suicida. Es realmente una estridencia. La he leido con gusto.
Un abrazo

txè dijo...

tío...no sé que decirte con respecto a tu texto.
Así ten claro que te van a coger en córdoba guarro!

Está guapísimo mamona!
me lo tengo que leer una vez más.
vamos a tener que hacer corriendo
la vida por partida doble!
es que somos muuu güenos jjajajajaa