jueves, 11 de febrero de 2010

Vuelta a casa

Reflexionando sobre lo que importa. Aún recuerdo como mis pies descalzos notaron con alegría la humedad de una arena lamida por las olas del Tirreno. El magnífico desfilar de velas en el horizonte, como salpicaduras flotantes de una vasija multicolor. En mi mano el tacto seguro de la madera gastada de mi lanza y a mi espalda el peso consolador de mi hoplón. El trirreme varado en la arena me observaba con ojos orientales y el olor a hogar me hinchaba los pulmones. No sé como será el olor a hogar, pero para mí es una mezcla de mar, pan recién hecho y humedad fresca.

viernes, 29 de enero de 2010

Cádiz desde el Campo del Sur

El cielo ruge a través de una tormenta eléctrica dando bastonazos de luz en la lejanía, tras el castillo de San Sebastián. El paisaje está enmarcado en nubes de fantasmagórico vaivén, figuras encapuchadas recorren el paseo del Campo del Sur con premura, mirando con curiosidad a los pescadores, que ya empiezan a salir de sus húmedas casas para aprovechar el temporal donde la pesca es más fructífera. El mar la está tomando con los grandes bloques de piedra que protegen el flanco sur de la ciudad antigua, dando empellones con saña y mojando de rocío salado a los curiosos, que no pueden evitar la tentación de ver a Poseidón en todo su esplendor. En la carretera de antiguos adoquines, traquetean los autobuses y motocicletas, quejumbrosos por tan molesto trayecto. La cúpula amarilla de la Catedral llama a las gaviotas al dulce y sacro hogar. El aire es una extensión etérea del mar embravecido que perla las miradas y los paraguas. Sus luces, sus tejados, el mar como indiscutible protagonista de una instantánea eterna.

Resistiendo, ahí viven con gentileza, unas piedras milenarias que besan las faldas del camino. Unas calles ladronas, donde se ha vivido tanto y donde los recuerdos asaltan como bandolero embozado tras las esquinas encañonadas. La piel excitada con el olor de un aire impregnado de tradición marinera, ojos anegados en lágrimas comprueban que el tiempo en Cádiz es un turista más, pues allí no puede vivir, si pasaran doscientos años, allí seguiría, igual, imperecedera… con su casta chulesca inclinada al mar, asomándose a ese balcón lleno de geranios a la orillita de la espuma…

jueves, 28 de enero de 2010

Si algo poseo es la religión de la aventura,
esa cuyo templo es el camino,
esa cuya liturgia es el paso,
esa cuya letania es el susurro de la tierra entre los dedos de los pies.
Sacerdote de la religión de la feliz nada,
puesta como bufanda de sentimientos,
escondida entre los pliegues de mi mirada,
escondida sin miedo.
Saludame de lejos si me reconoces,
desenfunda el cariño y disparame a la cara,
ahi no tengo armadura.

jueves, 21 de enero de 2010

Los Fareros de Primerock



Se habla con respeto en todos los pueblos y puertos pesqueros de las Hébridas Occidentales sobre los fareros de Primerock.

Hace siglos que el oficio de farero se hereda en Primerock, una biarquia de soberanos marinos se alternan en el trono de aquel faro tan malditamente aislado. Es una profesión dura, soportar la carga de presidir un monton de rocas y una franja de mar a cién millas de la costa, así como espantar las tremebundas tormentas del Atlántico Norte y discutir con las pesadas y astutas sirenas.

Todo el mundo respeta al farero de Primerock. En sus lágrimas de sal se intuyen los relieves de la linea que separa el cielo y el mar, difuminandose hasta volverse todo un remolino de vientos y mareas como coctel de realidades. En su cara se palpa con lengua de barlovento el desfile desquiciante de coloridas elucubraciones titiritadas por la más sublime soledad. Se dice que ellos entienden el lenguaje de la mar y que hablan con ella entre fogonazos de luz, bailando con las olas en esa roca maldita por Poseidon.

Yo mismo cuando corría por los muelles de Portree evitaba sus miradas cuando ellos estaban de paso. Se dice que si eran capaces de ver en la inmensidad del oceano, para ellos ver en el lago de los ojos humanos es como leer una tira cómica de periodicucho local. Orgulloso estoy de haberlos visto pasar, perdiendose hacia su tronío entre las infinitas islas, entre los profundos fiordos.
Hoy os recuerdo señores del norte, fuegos del mar, luces del horizonte. Y en vuestro recuerdo me guardo habitantes de la soledad.

miércoles, 13 de enero de 2010

El reflejo de un todo


¿Que será? Lo mejor de un cuadro son los silencios, los recovecos evocadores, los sentimientos desparramados por el lienzo. Él hizo esto y pensó aquello, él ha muerto, esto a perdurado. Da igual el origen, da igual la intención... sólo queda la impresión. Muero por mis divagaciones y mis fantasías, la pintora Lavinia Triunfi o una amante casual, da igual. Velasquez regaló esta joya, no materialmente, regaló el sentimiento en una época intolerante que perseguia el desnudo y el deseo carnal como desviaciones de la moral. Sólo fue para él el cuadro, el reflejo de ella, de una ella que perdurará impresa en el imaginario cultural como una estampa definitiva del más barroco romanticismo.
Y ese pintor de bigotes puntiagudos somos los todos de todas partes, el cuadro la via y la mujer que observa espectante al hombre que le da forma indudablemente es... la vida.


Chocan dramáticamente, niña de ojos rizados y pelos azules, mi ansias de perseguirte y tus ganas de esquivarme.

lunes, 11 de enero de 2010

Triste rostro arrastro pronto. Aprendo lento cuando soy alumno, aprendo presto cuando soy maestro. Monstruo sueño con un libro abierto, monstruo vivo con un libro cerrado. Siento suave sentarme sobre el resto, el resto del mundo bajo mi asiento.

sábado, 9 de enero de 2010

La odisea de los dioses

El mundo despertó de su estupor suicida cuando todas las televisiones del planeta anunciaron "la Tierra es un vertedero". Parece ser que fué sólo en ese momento cuando el mundo miró al cielo y vió por primera vez que ya no era azul, sino una masa preñada de humo y ceniza.Todas los ojos vieron como el sol era ya una triste mancha gris brillante que derramaba una luz fantasmagórica sobre los campos llenos de residuos y desechos. Fue esa la primera vez que vieron las mareas grises, como corroian las mismas entrañas del planeta, mareas que eran de ácido puro, sulfatos hediondos y asquerosidades flotantes. Al parecer, sólo entonces reaccionaron y vieron que los animales salvajes era cosa de cuentos y peliculas; y que la floresta era muestra de museo.

Fue en ese momento cuando los dioses vieron que vivia en grandes burbujas de cristal blindado, que los aislaba del eterno hielo del norte del mundo. Alli donde los muertos se amontonaban intentando entrar en esos microparaisos, sabiendose ya muertos. Vieron por primera vez ante sus ojos el sobrepoblamiento averrante de los arrabales infinitos en los desiertos eternos del mundo. Vieron como robaban el agua a los moribundos sedientos para abastecer sus burbujas agrarias con las que se abastecían de alimento fresco y que eran mil veces más lujosas que cualquier chabola de un cacique sarnoso.

No existía una economía, si no un intercambio básico, nosotros le ofreciamos nuestra fuerza y nuestra vida a cambio de una mierda sintética que seguramente fabricaban con nuestros propios restos, y por los cuales nos matabamos por conseguir un poco ante sus enormes camiones.

Todo esto ocurrió hace ya mucho, siglos incluso. Todo ha cambiado desde entonces, desde que los dioses se fueron. ¿me entiende? No somos los mismos, no tenemos el mismo corazón, creo que no somos ni los mismos humanos, ni se decirle quien es más humano, si nosotros o ellos. Sólo sé que los dioses del antiguo primer mundo se reunieron en sus grandes y decorados salones y movieron continentes y vidas como fichas de un juego horripilante, como siempre habían hecho y que porfín, habían perdido. Ahora tocaba recogerlo todo y largarse.

No sé si usted ha investigado y ha leido libros de historia, pero todo esta ahí. Recogieron esclavos de todo el globo, pero por supuesto nunca del interior de sus ciudades-burbuja. Nos prometieron un lugar entre ellos, por nuestro trabajo, esfuerzo y pago de nuestras miserias.

Con un "la Tierra esta a punto de colapsar" cundió el pánico y en mitad de ese pánico, provocado o no, aprovechado o no, se olvidaron de nosotros. Heredamos un mundo moribundo y conseguimos hacernos un hueco, despues de tanta muerte, despues de tanto sufrimiento.

Ahora han vuelto los dioses, han matado otro planeta, han abandonado alli a los nuevos mortales. Ahora piden un trocito de su vieja tierra, ahora nosotros decidimos.

sábado, 19 de diciembre de 2009

El dios de Azúcar (Taller de escritura creativa)

Entre los montones gigantescos de conocimiento aprendido por la experiencia, existe también, escondido y tímido, un conocimiento antiguo que nadie sabe de donde proviene. Pasa con ellos como pasa con esos libros mágicos procedentes del país de la casualidad o de la biblioteca de la buena suerte, que de pronto, aparece en nuestras manos.

En uno de esos se habla de una mujer, que desnudita de conciencia tuvo un sueño tan vivido que siempre pensó que realmente formaba parte de esto y de aquello, como un coche de voz ronca o un caracol pedante. En ese sueño un dios, que más bien podríamos llamar diocesillo, crecía en su corazón y se le escapaba poquito a poco en cada guiño coqueta o en cada suspiro de anhelo. Y fue tan fuerte su fe y su creencia, que pronto un templito se formó bajo su cama, donde escondía como ofrenda y tesoro la parte física de cada día transcurrido. Y así, tranquila su conciencia se meció adormecida como en una siesta de las de verdad, de esas que vienen sin avisar, atacando con el calor de las cuatro de la tarde en primavera.

Pero un día ocurrió, tenía que ocurrir. La sentencia definitiva de muerte capitalísima viene cogida de la mano de la cuestión ¿Por qué? Desterrando al diocesillo a las fauces devoradoras del conocimiento. Sentada al borde del mundo, la mujer inconsciente dejaba caer gotitas de su tiempo regando con ansía el vacío. Nunca dejó de llorar lo vivido y en el sofocón de la vida, ella se secó. El diocesillo murió con ella.

Pasaron los años haciéndolo como sólo el tiempo lo sabe hacer; caminando de puntillas cuando lo observas sospechoso y corriendo loco cuando desvías por un segundo la vista.

Alguien encontró el templito debajo de la cama, el templo que hablaba sobre una vida. Contempló el principio y el fin de la creencia, el nacimiento y muerte del diocesillo. Y por un instante fue la muerte más bella jamás contemplada.

El diocesillo pasó a diluirse como un terrón de la posibilidad soñadora, como azúcar de símbolos en el café del todo, endulzando nuestra memoria y así poder sentir por un segundo el placer de saborear nuestra esencia más autentica.

Ciudades invisibles (Taller escritura creativa)


Cabalgando en dirección a la casa del Gran Khan, mi señor, por los infinitos desiertos persas, cerca de la antigua Bactria, encontré un fértil valle regado por un río de considerables proporciones. Ya al entrar en aquel aislado lugar, el magnífico paisaje me impactó, las altas montañas de sus alrededores estaban cubiertas por antiguos glaciares, que hablaban de un pasado mítico donde todo en el mundo era de un tamaño titánico. Por doquier florecía la vida, siendo testigos de todo lo que la naturaleza podía ofrecer. Desde las cumbres más altas se vestían las laderas de fríos bosques de pino y roble más propio de las germanias. Pero alrededor del río la vida era tropical y los palmerales se mezclaban con grandes árboles de raíces gruesas como patas de elefante. Cientos de especies animales que nunca vi corrían, volaban o nadaban a la vista, mostrando sus maravillosas ansias de vivir.

Extasiado recorrí sus senderos idílicos hasta que llegué a Tierra, la ciudad que poblaba el valle. La ciudad era gigantesca, jamás vi una igual mi Gran Khan, ni en Siria, Egipto o Europa. Pero comparada con el valle era insignificante, era un mundo dentro del mundo. El curioso nombre de la ciudad había sido otorgado por sus dirigentes, pues al conseguir descifrar su idioma, muy parecido al persa, aseguraban ser la única tierra posible del mundo, ya que ni podían ni querían atravesar esas inconquistables montañas que los rodeaba, y los pocos que volvían de tan asombrosa aventura sólo hablaban de un desierto infinito en todas direcciones. La verdad mi señor, que era un gran pandemonium de casas destartaladas que se desparramaban por todo el lateral del valle, subiendo desde el río hasta las montañas, cuesta arriba. Siendo esta la escala social con la cual se median los hombres, cuanto más alto tuvieses tu casa, más importante eras. Pero la verdad, que todos vivían en un estado de miseria que me sorprendió por lo verde y fértil del lugar, sólo la clase dominante de reyezuelos vivía de forma holgada, entre unos lujos que ni el mismo Gran Khan podría imaginarse, pero en los cuales no quiero centrar mi relato. En el centro de esa ciudad, había una avenida monstruosa que se dirigía hacía las montañas, donde como dije antes, vivían los señores, estos eran una suerte de mercachifles-sacerdotes-guerreros-políticos que aglutinaban todo el poder, peleando entre ellos y enfrentando a la ciudad, haciendo imposible cualquier intento de prosperidad y unión pacífica. El habitante medio de Tierra vivía como drogado recorriendo los gigantescos arrabales, perdido y asustado, buscando la única salida posible, que era esa gran avenida de la que antes hablé. Cuando por fin conseguían llegar a ella eran asignados con una dura carga que tenían que transportar hasta lo alto de la ciudad, allí construían una gigantesca estatua donde gastaban sin consideración todos los preciados recursos del valle para decorarla y hacerla los más majestuosa posible. A simple y neutral vista, parecía que la construcción de aquel monstruo no tenía fin, que terminaría por hacerse más grande que la propia ciudad y que incluso el propio valle. Pero lo más asombroso es que hasta un niño pequeño podía ver que aquel monumento, por su lugar de construcción y por sus proporciones, terminaría por caer encima de sus constructores, arrasándolos para siempre. Aún así ellos seguían construyendo, imperturbables, erigiendo sobre sus cabezas una sombra de miedo y riqueza devoradora. El valle alrededor de la ciudad, sus preciados bosques, se convertían poco a poco a causa de la gran estatua en un gran estercolero.

Intenté hablar con algunos ciudadanos pero estos no hablaban, al parecer no sabían y los que sí conseguían articular palabra, pronto se cansaban de mantener tan ardua tarea, que parece ser, hablar. Sentí un miedo terrible mi señor, pero sobre todo impotencia de no poder parar aquella locura. Así que no dude un instante en ponerme de nuevo en marcha y alejarme de tan espantoso y desesperante lugar.

viernes, 13 de noviembre de 2009

El té de los leprosos (taller escritura creativa)

Caía la tarde derretida en lluvia sobre la parte vieja de una ciudad europea. El molesto traquetear de los coches y el relinchar de autobuses rompían contra el lateral de cristal de la cafetería. El silencio del interior del lugar daba la sensación de observar a través de un cristal de pecera. Ilusión intermitente interrumpida sólo cuando alguien entraba y el ruido invadía por un segundo el lugar.

Allí, tres amigos se encontraron, tras un río de años, que sin interrupción, había transcurrido desde su último encuentro. Ellos habían cambiado, alguno tenía barba, otro estaba calvo y el que queda, pongamos, tenía gafas. Aquellos amigos esperaban encontrar en los otros a esas personas limpias de vida que habían conocido hacía ya mucho tiempo. Buscaban más allá de las calvas, las barbas y las gafas.

Entre el calor del té y el humo dulce de pipa hablaron de viejos tiempos y por un instante el resplandor de la amistad inmaculada brilló satisfecha.

Pero uno de ellos había triunfado como traficante de secretos y perdió la honestidad descubriendo los engaños y artificios que usó para hacer su fortuna. Otro, era un reconocido sabelotodo que había ganado varios premios por sus conocimientos sobre cosas incomprensibles. Él se veía con la autoridad suficiente para adoctrinar como cuando lo hace desde su púlpito, y así perdió la empatía reprochando duramente y sin tacto a su amigo. El último era un pobre constructor de sueños que siempre olvidaba empezar por los cimientos, condenándose al fracaso. Al escuchar a sus amigos discutir perdió la seguridad, avergonzado ante la majestuosidad comprada de uno, el nadasabelodismo de otro y el nadismo de si mismo.

El hombre rico no podía rivalizar con el conocimiento de su amigo así que mostró su dinero, coches lujosos, grandes casas y mujeres de belleza quirúrgica como escudo y arma. Así perdió la humildad.

Rojo de rabia el amigo sabio perdió la razón y gritó desorientado atrayendo el ruido al lugar.

Ante tal situación el tercero, eterno mísero, perdió la vergüenza y se quitó las ropas para mostrar su cuerpo lleno de sueños y vacío de realidad.

Los mismos que entraron entre abrazos abandonaron la cafetería perdiendo, tras de sí, partes de sus almas. El calor del té había desaparecido, el humo de pipa se tornó amargo. Se iban enfermos de lepra, enfermos de tiempo, enfermos de vida.