sábado, 2 de octubre de 2010

Fray Andrés de Urdaneta

Ya no cantaba el grumete, solo cantaba el viento.

Ya no subía el vigía a lo alto, en el mastil habitaba la Luna.

Y aquel hombre seguía sus cálculos como un copérnico de los mares.

Era un hombre que volvío con un nuevo saber.

Ratas, escorbuto, hambre, velas arrancadas, mástiles partidos, compañeros arrojados al mar como centinelas de aquella ruta.

Nada hace retroceder a quién ha logrado engañar al viento.

Era un hombre que volvió y pudo explicar su aventura.

Un pirata de las estrellas que volvió para que otros, pudieran ir.

martes, 7 de septiembre de 2010

NO QUEDA SINO BATIRSE




LibresVSProhibidos


...del blog: http://www.libresversusprohibidos.blogspot.com/


Después de unas semanas recolectando textos de distintos autores para poder superar el número de participación de la anterior tirada, creimos haber reunido un conjunto de versos de gran calidad que merecian salir a la calle a ser degustados por los viandantes.

Los "libertarios" que han colaborado en esta edición han sido:

- Alinando.
- Salvador Mira.
- Pablo Burraco.
- Pilar V.
- Carlos B.T. Chaplin.
- Reflexiones.
- Rosa Campos.
- Félix Gª. O. de Galisteo.
- Ronda Wood.

Las pegadas se dieron de nuevo aprovechando el frescor de la noche por las zonas de la Alameda Apodaca y el milenario Barrio de El Pópulo aunque el trabajo continua y daremos más difusión a esta edición.

Tenemos más noticias sobre LVP, como la aparición en la revista cultural La Levantera y nuevas colaboraciones sobre las que hablaremos en próximas entradas.

Podéis contactar con nosotros comentando en el blog o escribiéndonos a libresversusprohibidos@gmail.com . Estaremos encantados de dar difusión a vuestros poemas.

martes, 24 de agosto de 2010

A María la hora se le estiraba, como un chicle que hace camino entre la suela de unas Adidas Superstar y un suelo de adoquines grises. Se le estiraba, como se estiran los días de palabra entrecortada, como se estiran los años infelices, que suelen ser bastantes o casi todos, depende de si se tragan o no con la ayuda de un vaso de agua. Pero definitivamente, se le estiraba la hora tantísimo como un pegajoso beso guerrero que no da cuartel.

Allí parada, María esperaba. Los cielos se intercambiaban y las calles se interponían, se amontonaban y desamontonaban las personas, se comían los soles y se estrellaban callecitas mal trazadas. Oía cantar los coches y rugir los letreros forforescentes. María, seguía esperando. El banco donde esperaba estaba frío y frío notaba en sus nalgas, los papeles arremolinados acariciaban sus pantorrillas, juguetones. Los niños leían sobre la vida riendo y así aprendía a olvidar la risa. Y alrededor de ella lo hacían. Por su parte, María seguía esperando, junto a la hora estirada. Y miraba a la hora con melancolía, mientras se estiraba infinita, desde el pasado que estaba sentada a su lado hace ya unos interminables cincuenta minutos hasta el presente donde seguía a su lado, pues la hora vivía en el pasado y en el presente, pero no entendía el lenguaje del futuro.

María se levantó, se le había terminado el esperar.

lunes, 23 de agosto de 2010

Señorito

Señorito de las mil luces que repartes los cuernos entre el solsticio y las perseidas. Perseguido el rastro de tus torpes pies guiados por tus torpes sentimientos, perseguido por un tiempo soñador.

Señorito pelo fuego, que quemas con la estúpida ñoñería del sí pero ahora no puedo. Que arañas los laterales del agujero maldito, pidiendo salir, supongo. O tranquilidad.

Estúpido artífice de marañas sin sentido, congelas tu espíritu.

Andas quiebro, patizambo, alicaído, ojos amargos, pecho henchido y puñetero. Despiertas pasiones, despiertas ganas de vivir.

miércoles, 7 de julio de 2010

De guerras o despropósitos

La Isla de León, baterías que defienden el puente Zuazo. La invasión francesa no puede entrar en la Isla ni en Cádiz.

Después de comer, julio de 1811, hace calor y acaba de pasar una mala semana de levante. Pertrechos militares desperdigados por la escena, se escuchan bombazos de fondo. Paco mira de rodillas por el muro como buscando algo en el horizonte. Mariano, sentado cerca, se lía un cigarro con parsimonia y un poco de resignación.

- Paco (hablando al aire): Yo me estoy quedando loco o algo, pero yo escucho cañonazos y fusilería.

- Mariano (le mira con aire distraído): Yo también lo escucho, no te preocupes.

- Paco (sigue mirando por el muro): Si picha pero es que no hay nadie disparando, esto ha sido el levante. El levante me ha dejado carajote. (Se sienta al lado de Mariano) El levante y la guerra, que estoy harto de guerra.

- Mariano (concentrado en su cigarro): ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

- Paco: Tres días.

- Mariano (mirándole): Entonces tú estabas carajote de antes.

- Paco (hace como el que no ha escuchado el comentario): No vea la de cosa que me han pasado ya quillo. Tiroteos, navajazos, explosiones, una locura, lo que yo te diga, una locura. (Mira a mariano) ¿Y tú, cuanto llevas aquí?

- Mariano: Nací aquí.

- Paco: No hombre, me refiero, pegando tiros.

- Mariano (termina de liar el cigarro): Poco más de un año.

- Paco (lo mira asombrado): Eso es tela.

En las losas pulidas y relimpias de la estación de tren de Cádiz, se reflejaba el mundo, pintando dobleces y dualidades. La luz entraba a chorros y en grandes columnas entre las cristaleras, difuminando los letreros luminosos que dictaban destinos y horarios.

Anaïs se impregnó del aroma especial que destilaban las estaciones de tren. Siempre le habían gustado, guardaban el sentimiento de miles de historias. Historias tristes y felices, despedidas, encuentros y reencuentros, miserias y riquezas… todo aquello convertía a ese lugar maldito por el romanticismo en un infinito mosaico de vidas que sólo hacía crecer y enriquecerse con la llegada de cada incansable tren.

Pero ese día Anaïs no disfrutaba de aquello. El viento caliente de la despedida azotaba su pecho, pinchándole a pellizquitos. Su familia había venido a visitarle desde París y volvían a casa. La cara de su padre desdibujaba una estela de tristeza melancólica que le arrancaba el alma arrastrándola tras el tren.

Anaïs sabe que hace décadas su padre había huido de su casa. La brutal figura paterna le agobiaba la existencia. Por aquel entonces, recodo del tiempo perdido dentro del mismo tiempo, su padre huía de casa, despidiéndose de su familia también en una estación de tren. Y fue esa imagen, repetida en Cádiz tan lejos de Paris, que despertó esos recuerdos escondidos.

A la pequeña parisina se le quemaba la puntita de los dedos, hormigueo que palpitaba en su pecho. Y con el brazo de su padre agitándose en la lejanía vio como sus tristes anhelos se alejaron.

- Adieu, passé.

El calor de las alegrías gaditanas abrigó su sonrisa.

miércoles, 30 de junio de 2010

Revolcones de vida

Corriendo de corrido, por inercia, sin control, los pies locos, las piernas desatadas.

Sin tropezarme choco contra el fin de algo y le suceden explosiones, señores que aplauden, señoras que sonríen. Flashes, colorines, confetis de dientes, papelillos de guiños.

¡Plas, plas, plas!

Borrachera de sueños, resaca de realidades. Y cuando el humo se disipa, el camino se abre otra vez mostrandome sus brazos cariñosos.

A empezar de nuevo.

sábado, 26 de junio de 2010


When I was a kid I used to pray every night for a new bicycle. Then I realised God doesn’t work that way, so I stole one and prayed for forgiveness.


Emo Philips

jueves, 10 de junio de 2010

¿Por qué corres, Ulises?


ULISES.- Para mí el mar es toda la libertad, la posibilidad, una eterna aventura. El único lugar en que se está desmemoriado y disponible. En el que se sirve sólo a la vida: siempre al alcance de la sorpresa, siempre a las órdenes del destino... Húmedo y limpio como un beso (NAUSICA lo interrumpe para besarlo.) Sin ancla, sin amarra, gobernado por vientos y vaivenes; súbdito de las olas que mecen o que matan... (Evadido.) Y se sueña. Se tiene todo el tiempo para soñar.
NAUSICA.- Qué bien hablas, querido... Oírte me abre otra vez la gana de abrazarte. (Lo abraza.) ¿Vamos ya?
ULISES.- Deja que te hable del mar. (Lo ha dicho entre el ruego y el reproche.) Misterioso, profundo, sin objeto. No como la tierra, de la que se puede decir: aquí se acaba... Es para hombres, el mar...
NAUSICA.- También la mujer es para hombres, creo (Caprichosa.)
ULISES.- En él sólo cabe defenderse o morir. Sin sepultura, como en la guerra...
NAUSICA.- Hagamos el amor y no la guerra; ese es mi lema.
ULISES.- Claro, tu no eres un hombre.
NAUSICA.- (Levantándose de nuevo.) Eso espero. Incluso preferiría no llegar a serlo nunca.
ULISES (Irónico.) ¿Es que no te gustan los hombres?
NAUSICA.- (Besándolo.) A la vista está. Pero también me gusta el whisky y prefiero beberlo a ser el whisky.
ULISES.- (Mirándola moverse ante él.) Eres un niña. Si te hubiera encontrado hace veinte años...
NAUSICA.- Hace veinte años te hubieras encontrado a mi madre ligeramente embarazada... Es mejor así. (Lo acaricia.)
ULISES.- (Con presunción y tristeza.) Pero hace veinte años yo era como un dios joven.
NAUSICA.- Y ahora eres como un dios maduro... Las perdices están mejor un poco pasaditas. La fruta verde deja áspera la boca. Tú, no. Me gustas como eres.
ULISES.- (Apesadumbrado) ¿Y dentro de veinte años?
NAUSICA.- ¿Quién habla de eso, ahora, cuando veinte minutos pueden dar tanto de sí...? (Pequeña sonrisa maliciosa.)


¿Por qué corres, Ulises? Antonio Gala